recogida de una actualidad con el ánimo de archivo y la opinión personal

viernes, 28 de diciembre de 2012

EL ARQUITECTO en el campo de amapolas silvestres




Hoy sentimos la necesidad de hacer crítica profesional introspectiva..

La evolución programada de las actividades del arquitecto de nuestros días confiere un extracto de sensaciones desafortunadas a raíz de su paupérrima capacidad para adaptarse al siempre cambiante y exigente panorama de actualidad.

El perfil del máximo responsable de la edificación era, desde antaño, concebido como un gran pensador y capacitado profesional, dado que su gestión abarcaba desde el dominio de soluciones constructivas, de servicio, de materiales y estructurales, administrativas de proyecto, administrativas de su propia empresa, soluciones de diseño gráfico, de trato del entorno urbano y del paisaje, de la selección de potenciales constructores, del bien hacer y de la gesta, en definitiva, de todo el complejo proceso del diseño y ejecución de un edificio dado, desde el más sencillo al más complejo.

Como tal figura del panorama profesional y teórico, la gestión de un arquitecto era remunerada acorde con unas garantías de plena satisfacción en el entorno social por el peso del intelecto que iba a plasmarse en cualquiera de sus ejercicios profesionales o filosóficos.  Su apreciación como individuo sobresaliente desde las épocas de Vitruvio (siglo I a.C.) hasta los últimos días de Gaudí (1926), siempre mantenían la idolatría de su figura cerca del máximo nivel intelectual y, por tanto, de confianza en el desarrollo de cualquiera de sus labores.  

No obstante en nuestro país, durante los inicios del período de la dictadura y después de la llamada transición española, lo que para nosotros comprendería desde 1940 hasta el 1986, el pragmatismo de la concepción de tan venerada forma de vida generó (dado el cáliz con el que sus practicantes tornaron la calidad expresiva de su trabajo) un formato con el perfil de pura inyección capitalista hacia las arcas de sus licenciados practicantes, dejando de lado cualquier interés por una transgresora forma de plasmar ideologías interesantes en la práctica de la creación de espacios. 

La prostitución del colectivo alcanzó los niveles más altos en cuanto a ganancias económicas, en comparativa con la pérdida de calidad en el propio trabajo de diseño y ejecución de una edificación.  Tan solo hace falta hechar un simple vistazo a las cuentas bancarias de cada uno de los que arrasaron el panorama constructivo del país durante ese período, prácticamente la mayoría de los que se aventuraron entonces en su propio negocioIncluso se potenciaron rápidamente herramientas para desarrollar rapidez en el proceso generativo como por ejemplo la copia en cianotipo, que después evolucionó a la práctica "copiar y pegar" en los PCs de nuestro tiempo, tan provechosas para el apilamiento de planos verticales casi idénticos en el edificio altivo, soberbio y desentramado de cualquier forma de coherencia y sentido común con el entorno y la sociedad.
 
Hoy día, ese lenocinio viene avalado públicamente por la catastrófica situación de la hinchada y rebentada burbuja inmobiliaria.  La que ha solidificado la fluidez del exceso conforme a patrones de la desmesurada ambición económica opuesta a la práctica del bien hacer de antaño.  Cada día escuchamos que algún compañero de profesión se ha visto forzado a emigrar a Mozambique, a Sao Paulo, a Sidney, Emiratos Árabes, Berlín, Pekín, etc.., para levantar cabeza y poder ganarse la vida ejerciendo su venerada profesión.

Los que resisten el envite y se mantienen estáticos en la tabla de juego nacional están obligados a derivar esa brusquedad existencial mediante motores alternativos, los que mecanizan la tolerancia y el orgullo propio procedente de la suficiencia que antes brotaba de sentirse arquitecto.  La última década nos ha dejado sólo un horizonte con las migajas para ser masticado con mandíbulas artificiales de pegote.  Hoy, estos aventureros de la desgracia, continúan su camino ofreciéndose para realizar trabajos administrativos de certificación municipal obligatoria, creados in situ para su propio sustento, a un precio que ni si quiera pueden remunerar el tiempo empleado en realizarlos de forma profesional, coherente y, por tanto, obligatoria.


 


Los residuos de una realidad omnipresente como vemos en la analogía del campo de las amapolas silvestres en primavera, las que contrastando con esa bucólica imagen de belleza y naturalidad, conviven con el peligroso veneno que ellas mismas consolidan en su interior individualmente, muy a pesar de que a ellas no les afecte para nada esa metafórica maldad interna en absoluto.  Al arquitecto, por pertenecer al género humano, sí. 

Otros, simplemente, se apartaron de ese camino de embellecedora degradación..