recogida de una actualidad con el ánimo de archivo y la opinión personal

lunes, 24 de marzo de 2014

Ayn Rand, la pensadora sintomática de la perversa crisis actual





Alissa Zinovievna Rosenbaum, conocida por el seudónimo de Ayn Rand, filósofa y escritora estadounidense de origen ruso, nacida en San Petersburgo en 1905, fallecida en Nueva York 1982.

En La rebelión de Atlas (1950), a sus cuarenta y cinco años escribe: 

"Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada".

“La ambición de poder es una mala hierba que sólo crece en el solar abandonado de una mente vacía".



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"No entiendo el amor, te enamoras de una persona por que le ves algún valor exclusivo.  El amor romántico es una emoción egoísta".

Un pensamiento singular que conviene advertir aunque sólo sea para establecer ciertas pautas morales dentro del complejo mundo interior del individuo.  En sus pensamientos condiciona claramente que el consentimiento para valorar las capacidades de un sujeto, bien sean acotadas por su inteligencia, habilidades manuales, capacidades físicas, etc.., son propias del mismo ser y de nadie más.  

Según sus doctrinas ninguna persona merece más de lo que recibe por sus propios méritos a no ser que venga desde un costado pura y exclusivamente natural, sin enraizamientos ni ataduras de calibre social.  La beneficencia y la caridad son mecanismos artificiosos que no deberían existir en la sociedad.  Uno puede ser caritativo sólo si el sentimiento fluye naturalmente desde su interior, nunca producido por las presiones sociales u obligaciones programadas desde algún errático guión colectivo.

Ciertamente una forma de pensar que se plantea algo cruda en nuestros días, si analizamos el estado actual de la sociedad global a través del prisma de la coherencia.  La necesidad social hoy demanda cierto grado de colectivismo frente al abuso desmesurado que ha evolucionado desde el corrompible sentido que ofreció en sus días el carácter objetivista o aquel centrado en el culto de la individualidad, el mismo que nuestra autora prodigaba en sus sorprendentes doctrinas afirmando de forma contundente que "el hombre es un fin en sí mismo y no un medio para los fines de los demás; (él) debe vivir para su propio propósito, sin sacrificarse para otros o sacrificar a otros para sí; (él) debe trabajar por su propio interés racional y lograr su propia felicidad como el propósito moral más alto de su vida..".

En la actualidad quizá hubiera tambaleado su certeza en el fondo de sus convicciones.  Discrepando en sus principios al observar cómo todo ha ido evolucionado en el panorama de la humanidad, pues los hechos consumados en el desarrollo de nuestros días han demostrado que su actitud personal iba errada, sobretodo frente a la realidad que se debe exigir al ser humano desde un punto de vista existencial, desarrollando unos principios centrados en la perversión del objetivismo e intoxicando la supervivencia racional.  Ella misma hoy, seguramente, afirmaría que la mecánica que promueven sus teorías es la causante del cataclismo que vivimos por la obsesión que determina al ser humano individualista en su estúpida e infructífera pasión por acumular de forma desmesuradamente irracional.

No por ello deberíamos dejar de observar sus postulados, pues su dilatado discurso marca un punto de vista distinguido y diferente que nos permite ejercer el valioso acto de contrastar.  Muchas de sus ideas son bien prácticas y probablemente muy posibles de implantar, incluso nos harían entender más claramente cómo hacer crecer a nuestra sociedad.  No obstante, a priori, deberíamos matizar profundamente sus definiciones con el fin de comenzar a aceptar que somos todos diferentes dentro de la entrelazada red de nexos existenciales, donde los individuos existen formando parte de un acotado y complejo organigrama de comunidad.  

Si tomamos como cierto aquello de que "lo que a mi me hace libre quizá, de alguna forma, encarcele a otros más allá", entonces sin dudar debemos proclamar que "la felicidad de unos puede torturar a los demás".  Lo que sí es inapelable es que el esfuerzo colectivo ahonda más en el camino hacia un más práctico futuro que la vertiginosa prosperidad individual.  Una sociedad con estructuras más igualitarias, estabilizaría fácilmente las voluntades colectivas dentro de los márgenes donde las obvias similitudes entre colectivos permitiría el verdadero carácter de la singularidad individual. 

Esa es la razón por la que, precisamente, un pueblo se asentaría dentro de un compendio racional, ejerciendo desde un principio el establecimiento de una tabula rasa para que, evolutiva y naturalmente, sus individuos empezaran a respetarse entre ellos algo más.  Una sencilla forma para convenir los principios fundamentales y establecer la base de una existencia consolidada alrederor del bien común y la propia coherencia con el entorno natural, algo que, según nos demuestra la naturaleza, nos vendrá bien y además nos capacitará para perdurar.


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