En qué pensamos distinto los occidentales de los orientales
artículo de Piergiorgio M. Sandri
La cultura y la educación influyen en la toma de
decisiones y en la percepción de la realidad de cada persona. Así, un
occidental y un asiático no ven el mundo de la misma manera. La ciencia
acaba de confirmar cuáles son las diferencias.
Hace un año, tras el accidente nuclear de Fukushima, en Japón muchos
móviles se quedaron sin cobertura. En medio del pánico general, la única
manera que tenían los ciudadanos de contactar con alguien era encontrar
una cabina telefónica que funcionase. En pocos minutos
se formaron largas colas de personas, ansiosas por hablar con sus seres
queridos desde un teléfono público. En estas circunstancias dramáticas,
todos deseaban levantar el auricular para tranquilizar a sus
familiares. Ocurrió lo que desde nuestra óptica costaría entender: cada
japonés se limitó a hacer una llamada, después de la cual volvía, de
forma
ordenada y respetuosa, a ponerse en la cola, para
permitir, en nombre del bien común, que todos pudiesen aprovechar el
teléfono por lo menos una vez. ¿Aquí pasaría lo mismo?
Asia está destinada a convertirse en el área geoestratégica más
relevante del planeta en las próximas décadas. De hecho, el proceso de globalización
ya ha llevado desde hace años a unos cuantos occidentales a desplazarse
a Oriente para estudiar, trabajar o montar un negocio. La tendencia
parece imparable pero, para muchísimas personas, la filosofía y los
valores detrás de las culturas milenarias diseminadas por este vasto
continente siguen siendo en gran parte un misterio.
Porque no cabe duda –y el ejemplo de Fukushima lo demuestra– de que,
aunque se corra el riesgo de caer en simplificaciones o
generalizaciones, diferencias las hay. ¿Cuáles?
Antes que nada habría que huir de un cierto determinismo biológico.
Lo que cambia entre los humanos es la educación y la cultura, pero el
cerebro en sí no nace con ningún programa preinstalado, por así decirlo,
en su disco duro. Hablar de cerebro oriental es incorrecto y de hecho,
los niños chinos adoptados y educados en nuestra sociedad
aprenden a percibir y a tomar decisiones exactamente igual que
nosotros: no hay diferencia. Los genes, en este sentido, no marcan.
Dicho esto, experimentos científicos recientes han detectado que existen
algunas pautas de comportamientos típicos que caracterizan a los
asiáticos y a los occidentales, que tienen su origen en factores
culturales y sociales.
Kimio Kase, profesor del Iese, es japonés y lleva 38 años en España.
“He tenido oportunidad de contrastar las maneras de pensar entre los dos
mundos y creo que somos muy distintos”, opina. Kase acaba de publicar
un libro muy intrigante: Asian versus western management thinking (Palgrave Macmillan) , en el que se analizan las principales diferencias
entre el estilo de gestión y el liderazgo en las empresas orientales y
occidentales. Escribió el libro junto a Alesia Slocum, profesora
estadounidense de la Saint Louis University, y pudo comprobar como ya
antes de empezar a escribir, sus enfoques eran opuestos. El empezó a
centrarse en los temarios, ella insistía en definir qué articulación iba
a tener discurso y el mensaje. “Los occidentales siempre necesitan
agarrarse a un marco general de referencia y, como un paso siguiente,
desarrollan los detalles. Para los orientales, en cambio, los detalles
son importantes y a partir de ahí se va construyendo, de forma sucesiva,
la estructura, que surge después. Como forma mental, los asiáticos
van siempre del particular hasta el genérico, mientras que los europeos
o los estadounidenses siempre tienen un esquema en la cabeza y luego se
van fijando, en un segundo momento, en los elementos secundarios”.
En su obra, Kase ha comprobado como en Oriente predomina un estilo de
dirección de las empresas de tipo inductivo: es decir, que se analizan
las situaciones a través de contextos que no obedecen necesariamente a
una lógica previa. El ejecutivo occidental, heredero del pensamiento
cartesiano, intenta solucionar el problema a través de la planificación y
de la previsión, mientras que en Asia confían en la improvisación o en
la argucias sociales; el pensamiento occidental valora
los hechos, el ejecutivo oriental sigue más bien la intuición; en Europa
o EE.UU. escogen la mejor alternativa entre las previstas, mientras que
en Asia se prueban varias soluciones para ver qué funciona; un
occidental recurre a ejemplos para especificar los objetivos a alcanzar,
el oriental es más proclive a emplear metáforas. Resumiendo, el
pensamiento deductivo de Occidente –afirman los autores– examina la
realidad material mientras que el oriental tiene en cuenta las
circunstancias cambiantes y las distintas interacciones sociales.
Cualquiera que haya pasado alguna temporada en Asia se habrá hecho
sus propias ideas al respecto. Pero la novedad es que existe una amplia
literatura científica que, por primera vez, ha intentado comprobar estas
distintas hipótesis. Takahiko Masuda, de la Universidad de Alberta en
Canadá ha conducido numerosos experimentos en el ámbito
de la percepción. Masuda, –que subraya que fisiológicamente todos somos
iguales– ha pedido a grupos de occidentales y orientales que sometieran
a distintas pruebas. En una, los participantes tenían delante una
imagen de una caricatura en la que había representado un grupo de
personas. Debían fijarse en la expresión del sujeto que
estaba situado en primer plano. Pues bien, se pudo comprobar como los
asiáticos dedicaban más tiempo a examinar las figuras del fondo que los
norteamericanos. Esto demostraría que, en Occidente, cuando los
individuos tratan de ver lo que siente esta persona, se centran en la
expresión facial del sujeto principal, mientras que los japoneses están
más pendientes de lo que siente cada uno en el grupo.
En este sentido, los asiáticos perciben a la gente en términos de
relación con los demás y las expresiones faciales de la gente alrededor
son una fuente de información para entender la emoción particular, que
se considera inseparable de los sentimientos de los otros.
En otro experimento, se les enseñó a los dos colectivos una viñeta
con escenas submarinas durante unos minutos. Ante las preguntas sobre lo
que recordaban, los occidentales solían responder algo por el estilo
“vi a una trucha en la izquierda”. En cambio, los japoneses contestaban
así: “vi una corriente marina, el agua era verde y había rocas en el
fondo.”. Por lo general, los asiáticos señalaban un 60% más de detalles
respecto a los norteamericanos, mientras que estos últimos tendían a
fijarse principalmente en un objeto determinado. “Las dos culturas
difieren en sus juicios. Los occidentales viven en sociedades más independientes,
focalizadas en la realización de los objetivos personales mientras que
para los asiáticos la causa de todo está en el contexto”, afirma Masuda.
También se hicieron pruebas para comprobar diferencias en las tomas
de decisiones. Se pidió a occidentales y orientales que dibujaran una
casa en una hoja de papel y que sacaran un retrato de
una persona con una cámara de foto. El resultado fue que, en los
dibujos, los asiáticos situaban la línea del horizonte en la parte
superior del papel. Esto le permitía añadir en el espacio de abajo toda
una amplia gama de elementos secundarios: animales, mascotas,
naturaleza, decoración arquitectónica del barrio etcétera. En cambio,
los occidentales dibujaron la casa como objeto central y elemento casi
exclusivo, con poco margen para adornos.
En lo que se refiere a las fotos, los resultados fueron similares. En
los retratos hechos por los norteamericanos la cara ocupaba la mayor
parte del encuadre. En las imágenes hechas por los
asiáticos, en cambio, el formato del retrato tendía al medio cuerpo o
incluso al plano medio y la persona parecía incrustada en el paisaje y
en el entorno.
Basta darse un paseo por una capital asiática para darse cuenta de
cómo la vida diaria está condicionada por una multitud de elementos.
Después de estudiar más de mil escenas en ciudades japonesas y
norteamericanas, los académicos han llegado la conclusión de que las
niponas contienen más objetos y son más complejas. Esto explicaría que
los asiáticos están más obligados a estar pendiente del contexto,
al ser un elemento con mucha presencia en sus vidas. También es
revelador admirar la producción artística. Masuda y su equipo han puesto
bajo la lupa 1.200 cuadros entre la colección del Metropolitan Museum
de Nueva York y los principales centros museísticos de Asia. Su
conclusión es que los pintores occidentales tienden a resaltar la figura
humana en los retratos, mientras que los autores
asiáticos suelen añadir al personaje principal más información visual,
como colchonetas, biombos, sombras de las ventanas e incluso comentarios
escritos a mano.
Para entender el porqué de estas diferencias, tal vez haya que
remontar a factores culturales. Como recordaba el filósofo Hu Shih: “En
la filosofía de Confucio, el hombre no puede existir solo; toda acción
tiene que ser bajo la forma de una interacción entre un
hombre y un hombre”. Según el antropólogo Edward T. Hall, “el ego de
occidente está compuesto de atribuciones fijas y puede moverse de un
contexto a otro sin grandes alteraciones. Pero para los asiáticos, la
persona está tan conectada con los demás, que su ego depende del
contexto. Si una persona sale de su red social habitual, este individuo
literalmente se convierte en otra persona”.
El grupo de investigadores cita, en este sentido, una prueba empírica
reveladora que tuvo como participantes a las madres. Se comprobó que
las mamás norteamericanas se dirigen a sus hijos poniendo su atención
esencialmente en los objetos (“mira el coche rojo”), mientras que las
madres japonesas se centraban, además de en el objeto, en las rutinas
sociales del mismo (“Te doy el coche rojo. ¿Has visto que ruido hace
cuando cae al suelo?”). También se demostró que las madres
estadounidenses solían usar en sus expresiones más nombres (de objetos)
cuando hablaban con sus hijos, mientras que las chinas, más verbos (evidentemente referentes a la relación del objeto con su contexto).
Masuda menciona otro estudio que va en esta misma línea. Se pidió a
orientales y occidentales que agruparan distintas imágenes: mientras que
estos últimos pusieron en el mismo saco el mono y el panda (“ambos son
animales”), los de Asia en su mayoría asociaron el mono con el plátano
(“porque el mono come el plátano”). La interpretación coincide con las
pruebas anteriores: para los asiáticos importan más los nexos entre los
objetos que las características intrínsecas de los mismos. Los
occidentales dividen la realidad en categorías y los
asiáticos en términos de relaciones. Por ejemplo, para los orientales el
perro no es sólo un animal de la familia de los caninos, sino más bien
el amigo del hombre y el enemigo de los gatos.
Estos trabajos evidencian, además, como en la cultura occidental
prevalece una visión analítica, mientras que en la oriental subyace una
más holística. La primera procede de la filosofía griega, que es la que
dará lugar al mito de Homero y del individuo. Los griegos veían una
cierta estabilidad en el mundo y glorificaban a los héroes. Para los
asiáticos el tiempo no es linear, sino circular y los
acontecimientos no son fruto de decisiones determinadas, sino que hay un
cambio continuo. Y esto explicaría, entre otras cosas, porque los
asiáticos se sienten cómodos con las contradicciones. Normalmente,
subraya Kase en su libro, los argumentos de los occidentales están más
enfocados en el concepto de correcto y equivocado y siempre creen que uno de los dos bandos debe tener razón, mientras que los asiáticos buscan soluciones de compromiso.
Cuando en un experimento se le presentaron propuestas aparentemente
contradictorias, los participantes chinos no descartaron que ambas
fueran verdaderas, mientras que los estadounidenses eran más propensos a
rechazar una propuesta en favor de la otra.
Amadeo Jensana, director de Economía y Empresa de Casa Asia, cree que
la clave está en la cultura: “Para empezar, en occidente existe un
alfabeto. Son letras precisas. Son símbolos concretos. En cambio, en
oriente, los ideogramas son más bien asociación de ideas. Por ejemplo,
el periódico en japonés no existe como tal sino que es una noticia nueva. Para los orientales, todo está interrelacionado.
En cambio, prevalece en occidente una cierta cultura del ego, es una
sociedad más individualista en muchos aspectos: la religión es
monoteísta, la salvación es personal. En Asia el individuo no es el eje
central: la sociedad es mucho más jerarquizada. Hay más culto a la
obediencia y todo lo referente al colectivo es más importante”.
Según el profesor Masuda, “para los norteamericanos, la acción
auténtica es la que está motivada, elegida libremente y que es el
resultado de las intenciones y de los objetivos de cada uno. En cambio,
en las culturas asiáticas, comportarse de forma apropiada significa
ajustarse a las expectativas de otra gente, y esto es
más importante que conseguir logros personales. La realización de los
propios objetivos se ve como algo infantil y egoísta.
En países como Japón, un acto maduro consiste en cumplir con el papel
que los demás te han asignado, asumir la perspectiva de los demás y
promover la armonía social”.
La historia ancestral de Asia y de Occidente también podría estar
detrás de estas pautas sociales. Masuda sugiere la siguiente hipótesis:
desde tiempos antiguos, los asiáticos eran campesinos y estaban
condenados a vivir los unos con los otros para garantizar la cosecha. El
sistema de irrigación necesitaba una cierta jerarquización
y orden, para permitir el funcionamiento de la explotación del conjunto
del terreno. En cambio, en Grecia, las tareas de cazar, pescar,
comercializar no requerían colaboración social. De ahí habría nacido
esta mentalidad más individualista.
Al final de este recorrido surge una duda espontánea: ¿no se estaría
aplicando etiquetas a dos culturas muy heterogéneas? Joaquín Beltrán es
coordinador de los Estudios de Asia Oriental en la Universitat Autònoma
de Barcelona. De formación es antropólogo y considera que “las
diferencias son circunstanciales a los seres humanos. Es una
simplificación de la realidad. Yo creo que no es correcto recurrir a
categorizaciones”, afirma. “De hecho, está demostrado que las elites
de oriente no difieren mucho, en términos de pensar, de las elites de
occidente, con la que comparten ciertas visiones y coinciden en muchos
aspectos”. Beltrán cree que existe un puente entre las dos culturas, y
lo explica de la siguiente manera.
“Cuando se habla de diferencias entre las dos culturas en realidad
estamos replicando las existentes entre el mundo rural y el mundo
urbano. En el primero, prevalece la confianza, las
relaciones cara a cara, el objetivo de eludir los conflictos, el respeto
de las jerarquías, el peso del colchón familiar, el respeto a los
mayores, el evitar la crítica social, el portarse bien, el mantener un
cierto orden moral. Nosotros mismos éramos así hace siglos. Con lo que
los occidentales tenemos más cosas en común con los orientales de las
que pensamos”.