recogida de una actualidad con el ánimo de archivo y la opinión personal

jueves, 15 de marzo de 2012

GALA: la musa pérfida de Dalí


Gloria e infierno, Gala fue para Salvador Dalí la mujer a través de la cual el artista catalán conoció “el llanto de la vida”

Durante 53 años, el pintor surrealista Salvador Dalí fue inseparable de su musa, su pasión, su gloria -y algunos dicen que su infierno-, su esposa: Gala.  La vida de ambos, desde que se vieron por vez primera, se fusionó en una atracción poderosamente erótica (aunque al parecer casi ausente de sexo), en el tormento mutuo, en la dependencia y en la tragedia.

La historia de Gala y Dalí comenzó en el verano de 1929. Aquel julio, a pesar de las protestas por el calor y la ausencia de limpieza de España, Gala y su entonces esposo, el poeta Paul Éluard, junto con su pequeña hija, Cécile, condujeron de París hasta Cadaqués, un pueblo de Cataluña.  Éluard se había sentido atraído hacia Cadaqués gracias a una conversación sostenida con Dalí, durante la corta estancia de éste en París un año antes.  En aquella ocasión, el viaje de Dalí había estado marcado por la nostalgia que sentía por su Cataluña, aunque se las arregló para conocer a un grupo de surrealistas, incluyendo al crítico y líder André Breton, al pintor René Magritte y al propio Éluard.

Poco después de arribar a Cadaqués, los Éluard fueron a ver a Dalí, quien sería su guía. Se reunieron en una playa.  Dalí llegó acompañado de su hermana menor, Ana María, mientras que a los Éluard los acompañaban René Magritte y su esposa, Georgette, así como el corredor de arte Camille Goemans. 
Los rumores decían que entre Dalí y Ana María existía algo más que cariño de hermanos y, antes de que Gala apareciera en escena, era la modelo favorita de Dalí. Ana María más adelante escribiría que desde aquel verano, “Salvador fue afectado por un cambio que lo alejó de sus amigos, de nosotros y de sí mismo”.

Dalí tenía 25 años en ese verano. Su feroz belleza española y su inteligencia incendiaria cautivaban a todo aquel que lo conocía. Fueron su apariencia magnética, su carácter y su enorme talento los que habían llamado la atención de los círculos de arte de París. Pero sus nuevos amigos franceses aún no se daban cuenta de que bajo la superficie de la personalidad de Dalí había un hombre en peligro de perder la razón. En ese entonces, Dalí recién había terminado una relación amorosa de tres años con el poeta Federico García Lorca, una ruptura que lo hacía sentir deprimido.

Gala tenía 36 años (o 38, nadie conoce la fecha exacta de su nacimiento, y es un secreto guardado celosamente) en aquel verano. La mujer siempre sería un misterio, por elección propia y con el consentimiento de Dalí. Con el correr de los años se volvió todavía más enigmática, una criatura feroz que corría de su lado a toda aquella persona que le desagradaba, a las que incluso escupía. Se movía silenciosamente alrededor de las locuras de Dalí, en una penumbra de amenaza y secreto. Cuando Gala hablaba de ella misma, sus historias cambiaban de un momento a otro; vivía en un estado constante de reinvención.


Tiempos difíciles

Gala nació como Helena Deluvina Diakonoff, en Kazán, un pueblo al lado del río Volga, en algún momento de la década de los noventa del siglo XIX.  Su verdadero padre, según ella contaba, había desaparecido mientras buscaba oro en Siberia, y su madre, incapaz de divorciarse de un hombre del que no podía probar que había muerto, se fue a vivir con un abogado rico. Sin embargo, muchos biógrafos especulan que el abogado era el padre verdadero de Gala.

En 1912, cuando Gala tenía cerca de 17 años, le fue diagnosticada tuberculosis, por lo que fue enviada a Suiza para su cura.  Ahí conoció a Paul Éluard.  Dos años después fue dada de alta y se enfrentó con la posibilidad de emprender el largo viaje de regreso a Rusia.  Decidió mejor casarse con Éluard, matrimonio que se realizó en París en 1916.  Un año después nació su hija Cécile, un suceso que no impidió que Gala se enredara afectivamente con el pintor Max Ernst.

A Paul Éluard le gustaba el sexo en grupo, prefería los tríos que incluían a otro hombre, actividades en las que Gala nunca participó.  Para 1929, los amoríos de Gala con Ernst y otros artistas habían terminado.  No obstante, sabía que, pese a que Éluard era ya un poeta aclamado, nunca ganaría el dinero suficiente que ella demandaba, por lo que decidió buscar otro hombre.  Ese otro hombre fue Dalí.  El verano de Cadaqués fue el inició de su relación.

Los primeros cuatro años de su relación los vivieron en París, en un estudio cercano al parque Montsouris.  El padre de Dalí –furioso porque su hijo vivía en pecado (Dalí y Gala no se casaron sino hasta 1959, cuando Paul Éluard falleció) con la que él llamaba “esa suripanta drogadicta de Rusia”— dejó de enviar dinero a su hijo. Aunque Dalí vendía sus pinturas por aquí y por allá, el dinero no alcanzaba. Gala lo ayudaba ofreciendo las obras a la salida del metro.

Pero, aunque vivían un periodo de pobreza, la pareja frecuentaba la sociedad adinerada de París.  Fue en esos círculos donde conocieron al pintor Pablo Picasso, quien sufragó el pasaje de Gala y Dalí hacia Estados Unidos, país al que viajaron para probar fortuna.  Desde su llegada fueron identificados plenamente y Dalí apareció en una de las portadas de la revista Time.  Para coraje de muchos artistas de París, Dalí fue considerado por los críticos estadounidenses como “el surrealista”.

A mediados de los años treinta, cuando Dalí alcanzó la fama que tanto buscaba, el dinero comenzó a fluir generosamente.  La pareja conoció a un coleccionista inglés adinerado, Edward James, con quien el pintor firmó un contrato fabuloso.  Al mismo tiempo, Dalí y James empezaron a salir continuamente juntos, aunque no se sabe si existió alguna relación más allá de la simple amistad. Gala, que no era ajena a los triángulos amorosos, se hacía de la vista gorda.

Cabarets sexuales

¿Pero qué hay de la vida sexual de Dalí con Gala?  Al parecer no mucho.  Más allá de que Dalí se pusiera celoso de las infidelidades de su esposa, las alentaba.  En una ocasión, el pintor confesó lo siguiente a su amigo Edward James: “Dejo que Gala tomé amantes cuando quiera.  Yo la ayudó porque eso me excita”.  Entre sus diversiones estaban los “cabarets sexuales” de los miércoles por la noche que Dalí y Gala organizaban en su apartamento, durante los cuales Gala a menudo hacía el amor con uno o más de sus invitados en público.  Incluso, en una ocasión hizo el amor con Paul Éluard en el sofá del estudio de pintura, escena atestiguada por Dalí (cuya principal manía sexual era masturbarse) y otros amigos surrealistas.

La fractura en su relación se hizo pública en los años sesenta.  Gala se alejó más y más de Dalí y empezó a tomar amantes mucho más jóvenes que ella.  La musa hacía desfilar sus conquistas frente a Dalí, obsequiándoles dinero y regalos extravagantes.

Sus últimos años juntos fueron de una miseria moral por parte de ambos.  Gala cada vez demandaba más cantidades de dinero para pagar los caprichos de sus innumerables amantes.  Las enfermedades aparecieron. Dalí desarrolló el mal de Parkinson y Gala pagó el precio de las cirugías plásticas que se había hecho durante toda su vida, con erupciones dolorosas en el rostro.  Le llevó mucho tiempo morir, lo cual finalmente ocurrió en mayo de 1982, en Port Lligat, en la cama gemela que alguna vez compartió con Dalí.  Éste, incapaz de ver morir a su amada, se salió de la habitación mucho tiempo antes del fatal episodio.

Dalí y Gala fueron indivisibles, dos personalidades que se completaban y en las que la realidad de uno sólo existía en referencia al otro.  Para ser más precisos hay que recordar las palabras que en 1929 dijera Salvador Dalí en torno a Gala: 


“A través de ella yo estuve en comunión con el llanto de la vida”


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