recogida de una actualidad con el ánimo de archivo y la opinión personal

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La MINORÍA RUIDOSA crecerá por simpatía o será nuestro final



Gerardo Pisarello y Jaume Asens:

La “mayoría silenciosa” se ha convertido en una categoría central de la política española actual. En manos del Gobierno, es el arma arrojadiza contra cualquier movilización que cuestione sus políticas. Los que protestan –contra los recortes, contra las privatizaciones, exigiendo mayor democracia– son siempre una minoría. Ruidosa, extremista, invariablemente manipulada. La “mayoría silenciosa”, en cambio, sería la expresión ontológica de una sociedad civilizada. La que se queda en casa, la que soporta estoicamente los ajustes y las exhibiciones de impunidad de los que mandan.

El problema se produce cuando las minorías ruidosas comienzan a crecer. O cuando amenazan con votar como no deberían. En esos casos, la “mayoría silenciosa”, o mejor, “silenciada”, ya no es un concepto descriptivo. Es algo que conviene crear. Aparatosamente, a través de una mayor represión directa. O de manera sutil, a través de medidas que neutralicen o desgasten a quienes se resisten a entrar en razón y que dificulten el control judicial..


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Nuestra corta existencia demuestra que las intenciones de aplastar la inteligencia evolutiva del ser humano carecen de principios consistentes y, a través de su forzada implantación endémica, invariablemente genera graves consecuencias para el agente provocador.  Observemos, para percibir ese efecto, lo sucedido en el contexto eclesiástico de nuestro entorno actual. Hoy necesitan incordiar a través de mecanismos publicitarios y procesos de dudosa legalidad para obtener los ingresos necesarios para mantener todos sus patrimonios y a la mayoría de sus miembros y niveles de vida en un índice de mínima flotabilidad.

Cierto es,  estimados redactores de tan interesante y certero artículo, que hay una mayoría que enmudece por no saber gritar con la amplificación requerida.  

Aunque sus miembros ligeramente esfuercen sus cándidas vocecillas comunicándose de forma individualizada o semi-colectiva en sus encuentros casuales con otros miembros de su civilizada sociedad, todos se comunican sin gritar, sin ampliar sus canales, sin integrar sus mensajes en los contextos necesarios para que se geste una sola voz con la longitud de onda necesaria para que algo ocurra, esto acabe y se deje de hacer el subnormal.  Esa desdichada mayoría "acallada" que no "silenciosa", prefiere mantener un perfil bajo y encarar su falseada cordialidad para con el prójimo sin sacar a la luz que su realidad quizá sea otra bien distinta a la que se maneja en sus conversaciones de sociedad.  Esa propia realidad que sólo conocen los que albergan el verdadero poder del saber de nuestra vandalizada comunidad.

Huelga decir que a pesar de todo esto y con referencia al acerado hilo que con aguja cose los labios de una minoría (dentro de la acallada mayoría), la que intenta practicar hoy el inútil gesto de vociferar, esa seda trenzada pronto se dejará de fabricar.  Algunos de los tejedores civilizados ya han percibido que con su dedicada labor ha estado alimentando una epidemia social del máximo calibre, esa que actualmente ha sido bautizada por nuestro impasivo y renqueante gobierno como la "mayoría silenciosa".  Ese gran cúmulo de individuos que soporta sin complejos y no reacciona por no molestar(se).  Aquellos desdichados que merecen no ser descansados de su pesada pena, según las propias voces del poder gubernamental.







A causa de ello, acogiéndonos a uno de los significados etimológicos del vocablo "simpatía", la brutalidad del imbecilismo social se percibe pronto en el ocaso.  Aunque permanezca el imbecilismo, su brutalidad impositiva acabará por zozobrar.  Sus destructivos efectos ya han afectado por entero a toda nuestra sociedad, dentro y fuera de las murallas del poder nacional.  Sólo han esquivado sus secuelas aquellos que dedican desde jóvenes sus esfuerzos a usurpar concientemente aquello que no le corresponde, dado que son imperativos y doctos en el arte de la picardía y adquieren pronto el conocimiento de qué deben hacer para triunfar, obviamente, siempre descaradamente a costa de los lerdos que se plantean tener una vida repetitiva y para nada singular.


C'est la vie..