recogida de una actualidad con el ánimo de archivo y la opinión personal

viernes, 19 de octubre de 2012

REY DE ESPAÑA: misterioso poder de permanencia

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Gao Ping, el mafioso chino detenido en la operación emperador como cabecilla de la trama de fraude fiscal, blanqueo de capitales y otros delitos, aparece en una fotografía junto al Rey de España.


Nuestro querido rey, un breve recordatorio de su recorrido por nuestra historia:

Los escritos de Patricia Sverlo, el pseudónimo de un(a) estudioso(a) de la vida del rey, son la fuente de los siguientes párrafos que transcribimos a continuación, nos trasladan a los principios y el desarrollo de la vida del rey de España.   "Ella" fué la autora de la primera biografía crítica y rigurosa sobre el Rey Juan Carlos.  Permanece en el anonimato porque aún no existe libertad de prensa en España y las represalias que podría padecer por haberla escrito le impiden dar su nombre.  En esto aspecto España ha cambiado muy poco en los últimos siglos. Sin embargo “Un rey golpe a golpe” es el mejor libro escrito sobre Juan Carlos, el más documentado, el más riguroso y el más interesante.  Desde el trágico accidente en el que mató a su hermano, la traición a su padre, sus amigos, sus negocios oscuros con el petróleo, el tráfico de armas, la especulación financiera o los inmobiliarios hasta sus numerosas amantes, las censuras en España a los reportajes de la prensa internacional, su desconocido papel en el 23-F.

Enlace a su libro.


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.. En aquella ocasión heredó el trono su segundo hijo, Carlos IV, que era casi tan corto como su hermano mayor. Pero no era cuestión de poner demasiadas dificultades al destino de la patria. La imbecilidad, en todo caso, no era una cosa nada extraña, puesto que el que inauguró la dinastía, Felipe V (la falta de descendencia de Carlos II, último de los Austrias, dio lugar a la entronización de los Borbones en España, en la persona de su sobrino nieto Felipe), mostró de manera clara graves desórdenes mentales. Afortunadamente para la dinastía de los Borbones, ya había asegurado su descendencia con varios hijos varones cuando se emperró en que estaba muerto y ordenó que le pusieran en un ataúd, rezaran unos responsos y le enterraran vivo. Su segundo hijo, que le sucedió tras Luis I, muerto a los 17 años, fue Fernando VI, un personaje absolutamente extravagante. Una de sus curiosas manías consistía en esforzarse por no evacuar nada, para lo cual se sentaba sobre los pomos puntiagudos de las sillas antiguas de su habitación, que utilizaba a manera de tapones. Una vez estuvo 18 horas en esta posición sin moverse. Al final, cuando se le acercaba la muerte, se echó en la cama, hizo sus inmundicias, y las lanzó a todos los que le servían. Murió a los 46 años, y su médico escribió: ” Privado de los consuelos de la religión, y entre sus propios excrementos, ha fallecido Fernando VI, el más pulcro y religioso de los hombres”.

Volvamos a Carlos IV… Este monarca desgraciado, que acabó huyendo de España destronado por su propio hijo, se casó con su prima, María Luisa de Borbón, que tuvo, entre partos y abortos, 24 hijos. La familia fue retratada ‘magníficamente’ por Goya, en una imagen que vale más que mil palabras. Y le sucedió Fernando VII. Su hija, Isabel II, que lo era también de María Cristina de Borbón y Borbón, tercera esposa del rey y prima suya, también se casó con su primo carnal, Francisco de Asís, y así siguió “mejorando” la estirpe con la endogamia.

Del hijo de Isabel II, Alfonso XII, que parece que sí era inteligente, nació Alfonso XIII. Éste, por una vez, no tuvo la ocurrencia de casarse con su prima, pero, en cambio, introdujo un nuevo problema en la rama familiar: la hemofília. Parece que el rey británico y su hermana, la princesa Beatriz, ya advirtieron a Alfonso que era posible que Victoria Eugenia de Battenberg, la hija predilecta de la reina Victoria, a quien Alfonso XIII había escogido con terquedad como esposa, transmitiera la enfermedad a alguno de sus hijos varones. El ministro de Exteriores inglés también le advirtió a su homólogo español, el marqués de Villa-Urrutia. Pero no hubo nada que hacer: la decisión de Alfonso XIII estaba tomada. Se fiaba de la buena suerte, porque la hemofilia no siempre se transmite.

El temor no era en vano ya que su primer hijo, llamado también Alfonso, fue hemofílico. Estuvo enfermo casi toda la vida, y en 1933 renunció a la sucesión para casarse con una bella cubana. Unos cuantos años después, en 1938, murió sin descendencia en un accidente automovilístico.

El siguiente hijo de Alfonso XIII, Jaime, era sordomudo, motivo por el cual su padre le obligó a renunciar a la Corona, también en 1933, antes de que se casara. En aquella época no era comprensible que un rey tuviera que hacerse entender por gestos. Sin embargo, como ser sordomudo no implica necesariamente ser idiota, más adelante recapacitó y quiso volverse atrás en su renuncia.

El tercer hijo de Alfonso XIII nació muerto. Y después vinieron dos niñas, a las que ni siquiera se tuvo en cuenta. Pero, al menos en el caso muy concreto de la infanta Beatriz, era mejor no reivindicar el derecho de la mujer a heredar el trono, si tenemos en cuenta lo que acabó dando de sí su descendencia. Beatriz, que junto con su hermana Margarita era uno de los peores partidos de la realeza en toda Europa, por el hecho de ser posibles portadoras de la hemofília, se hubo de con casarse con Alessandro Torlonia, un personaje de discutible reputación que tenía un título grandilocuente, príncipe de Civitella-Cese, pero de escaso valor. Su primogénita Sandra huyó para casarse con un playboy llamado Clemente Lecquio, que había sido embajador de la Italia fascista en Madrid entre 1940 y 1943, y después había vivido varios años en Perú como productor cinematográfico.

En 1963 el pretendiente al trono de Italia, Humberto de Saboya, que fue muy amigo de Don Juan en Estoril, donde compartían exilio, le hizo la gracia de inventarle el título de conde, que nunca tuvo validez legal en Italia. De Sandra y Clemente nació Alessandro Lecquio. Sí, el famoso conde Lecquio de los escándalos rosa, que podría haber sido hoy en día el rey de España. Pero dejemos la ficción, porque Don Juan de Borbón y Battenberg se convirtió en príncipe de Asturias, al tener la suerte de no nacer hemofílico ni sordomudo ni mujer. Siguiendo la curiosa tradición familiar, en octubre de 1935 se casó con una prima suya, María de las Mercedes de Borbón y Orleans, hija del infante Carlos de Borbón y de la princesa Luisa de Orleans. Y después de una primera hija, Pilar (nacida en Cannes, el 30 de julio de 1936), nació Juan Carlos, llamado literalmente “Juanito” por la familia durante dos décadas. El hecho de que le llamaran así no tendría ninguna relevancia si no fuera porque a su hermano pequeño le llamaban Alfonso y no “Alfonsito”.

Nació con honores de heredero, pero, llegado el momento, además de pasar por encima de su propio padre, tuvo que superar un par de obstáculos más: dos Alfonsos, que le habrían podido quitar la Corona. Uno se encontraba en la rama de Jaime, el tío sordomudo, que se retractó mil veces de su renuncia al trono. Cuando Don Juan, tras la Guerra Civil, empezó a apostar por una línea liberal, el primogénito de Jaime, Alfonso de Borbón Dampierre, se convirtió en el candidato perfecto de la Alemana nazi y más tarde siguió siendo el “príncipe azul de la falange” durante todo el franquismo. Cuando en 1972 se casó con la nieta de Franco, Carmen Martínez-Bordiu, la cosa todavía se complicó más.

Otro problema importante con el que se encontró Juan Carlos fue la competencia de su hermano Alfonso, tres años menor. Es cierto que no había ninguna duda de que Juan Carlos era el primero en la línea sucesora, pero ya hemos visto que, entre los Borbones, saltarse a alguien no era excepcional en absoluto.

Aparte de haber nacido ochomesino y con los ojos saltones, “Juanito” tenía en contra que nunca fue una lumbrera. Desde muy pequeño estuvo acompañado de tutores y clases especiales, como refuerzo a los cursos en los colegios –que ya eran poco convencionales de entrada– en los que estudió. Y tuvo, además, un seguimiento clínico constante. Alfonso, en cambio, era el listo de la familia. Le llamaban ” Senequita”, eso sí, en diminutivo, y todo el mundo le describía como una persona de aguda inteligencia y gran sensibilidad. Era, sin lugar a dudas, el predilecto de su padre.

El problema de su hermano desapareció muy pronto. Juan Carlos tenía 18 años y 83 días cuando accidentalmente le disparó un tiro a su hermano. El otro problema, el del primo, no se consideró del todo resuelto hasta el día de la coronación. Aún así, murió en “un cruce de cables”, tema del que se tratará más detalladamente en próximos capítulos.


 
El 25 de agosto de 1948 Don Juan y Franco se reunieron en el yate del Caudillo, el Azor, cerca de San Sebastián. Juan acudió con su barco prestado, el Saltillo. En el camarote del Azor, a solas, el aspirante al trono y el dictador hablaron durante horas y acordaron que el príncipe se instalase en España para estudiar el bachillerato. Franco aceptó sin objeciones los profesores escogidos por Don Juan, y se comprometió a permitir propaganda monárquica en los diarios ABC y Diario de Barcelona.
A Don Juan no le gustó el texto que salió en los medios de comunicación españoles el 29 de agosto. Y de pronto, tras el verano, decidió nuevamente enviar a Juan Carlos a Friburgo. Sólo fue una estancia temporal, hasta que Don Juan consiguió que los diarios del Régimen publicaran un comunicado en el que se precisaba que nunca había tenido el proyecto de abdicar en favor de su hijo. Tras el periplo de Suiza a Estoril y de Estoril a Suiza, Juanito volvió de nuevo a Portugal para iniciar desde allí el viaje a Madrid. De tanto ir y volver, empezó el curso con un poco de retraso.

Su primer viaje a España convirtió a Juanito en Juan Carlos, para diferenciarlo de su padre y congraciarlo con los carlistas. El 8 de noviembre de 1948, el duque de Sotomayor, José Aguinaga, el conde de Orgaz, Mercedes Solano y el vizconde de Rocamora acompañaron a Juan Calas hasta Madrid en el Lusitania Express. Fue una salida discreta, siguiendo las instrucciones del embajador Nicolás Franco, sin despedidas, excepto las de la familia. Conducía el tren el conde de Alcubierre, vestido con la camisa azul y la gorra de ferroviario (entonces los ingenieros de caminos podían conducir trenes; en otros viajes posteriores, lo condujo el conde de Ruiseñada). Además del conductor aristócrata, Juanito contaba con un vagón especial, que Renfe envió desde España para la ocasión. El tren salió a las 8 de la tarde. Para darle la bienvenida, que no tuvo lugar en Madrid sino en la estación de Villaverde, estuvieron el conde de Fontanar, el marqués de Casa Oriol, el sacerdote Ventura Gutiérrez y Julio Dánvila, que fue su primer preceptor en España. Se trataba de un grupo de señores vestidos de negro, con la alegría del franquismo en el rostro. Cuando llegó, lo trasladaron directamente al Cerro de Los Angeles; y allí, misa, comunión y ofrenda al Sagrado Corazón.

Unas cuantas semanas después, el 24 de noviembre, lo llevaron al Pardo a visitar por primera vez a Franco, que lo recibió como quien recibe a un nieto, pero tratándole de alteza. Para el príncipe fue como ir a ver a un artista de cine. Le pareció “más bajito que en las fotografías, tenía barriga y me sonreía de una forma que me resultó poco natural”. Le preguntó cómo le iban los estudios y, para comprobarlo, le pidió la lista de los reyes godos. También si le gustaba cazar, y le invitó a acompañarlo a Aranjuez para practicar el tiro de faisanes, antes de que se fuera de vacaciones a Estoril. Le prometió que le regalaría una escopeta para la ocasión. El pequeño príncipe también saludó a “la señora”. Y Franco también recibió al médico encargado de hacer un seguimiento clínico del príncipe, Heliodoro Ruiz (hijo del profesor de gimnasia del mismo nombre).

No fue a un colegio convencional, sino que montaron uno especial para él, Las Jarrillas, una finca propiedad de Alfonso Urquijo situada a menos de 20 kilómetros de .Madrid, cerca de un cuartel militar, en Colmenar Viejo. Para que no estuviera solo, buscaron a unos cuantos niños de su edad, el mejor de cada casa de la alta burguesía y la aristocracia, que dejaron los colegios respectivos para residir y estudiar con el príncipe: Carlos de Borbón y Dos Sicilias (primo), Alfonso Álvarez de Toledo, Agustín Carvajal Fernández de Córdoba , Jaime Carvajal y Urquijo (marqués de Isasi), Fernando Falcó (marqués de Cubas), y Alfredo Gómez Torres, José Luis Leal y Juan José Macaya y Aguinaga. Y también se tuvo que constituir un equipo especial de profesores, dirigido por José Garrido, un hombre de la absoluta confianza de Don Juan. 

Juan no se lo pensó dos veces, y apenas tardó unos pocos días en ponerse en camino para combatir junto a los traidores. El 1 de agosto cruzó la frontera por Dantxarinea, se puso el uniforme de los voluntarios nacionales en aquella zona (camisa azul y boina roja) e intentó llegar a filas. Pero el general Mola le detuvo. No le quería allí y le hizo volver por donde había venido. Don Juan no se dio por vencido y siguió insistiendo. El 7 de diciembre de 1936 le envió una carta a Franco, ofreciéndose para servir en el crucero Baleares.

Pero Franco le rechazó por segunda vez. Así pues, no tuvo más remedio que volver a Roma… a esperar. Y mientras los ciudadanos demócratas defendían la República de los golpistas de Franco, quienes contaban con el apoyo de las armas y las tropas de Hitler y Mussolini, su seguidor Don Juan tuvo a Juan Carlos, actual rey.



Nadie ha sabido explicar nunca, de manera satisfactoria y razonable, por qué los generales fascistas rechazaron la incorporación a sus filas del infante Don Juan, que era un marinero profesional formado en la Armada británica. Pero aquella decisión resultó ser providencial para el aspirante al trono. En primer lugar, porque el crucero Baleares fue hundido poco tiempo después. Y, en segundo lugar, porque finalmente pudo disfrazar su lucha por el poder como anti-franquista y de espíritu democrático, cuando el cambio le resultó conveniente. Aquel cambio de bando no tardó en llegar, impuesto por el curso que estaban tomando los acontecimientos nacionales e internacionales.

Los planes de los conspiradores preveían que Sanjurjo tomara el poder y que Alfonso XIII volviera al trono en pocos meses, para que después abdicara en favor de Don Juan. Pero Sanjurjo se mató en un accidente, y Franco pasó a dirigir la contienda. Franco alargó la guerra mucho más de lo que se habría podido esperar y, sobre la marcha, fue matizando sus intenciones.

En 1939, Alfonso XIII celebró la victoria de Franco como el que más y le felicitó generosamente. Pero Franco ya estaba en otra línea. Sin duda quería que Alfonso XIII abdicara, porque le hacía responsable del desastre de la llegada de la República. Franco decía que no quería ser otro Primo de Rivera. Pero, además, sólo seis meses tras el final de la guerra, cuando estalló el conflicto en Europa, se situó junto a Hitler en una tendencia ideológica en la que la monarquía no tenía cabida.

Aunque su entrevista con Hitler en Endaya, el 23 de octubre de 1940, no fue ninguno éxito, la postura de Franco era claramente pro-Tercer Reich. En un último intento por salvar la situación, Alfonso XIII abdicó en favor de su hijo Juan en enero de 1941. Pero ya era demasiado tarde. Murió un mes después en Roma, y Don Juan inauguró una nueva etapa, asesorado por su consejo privado, en la que apostó por la rama anglófona, la de los aliados, en la nueva guerra que se veía venir.

El día de su santo, en una costumbre que después heredó su hijo “Juanito”, el conde de Barcelona celebraba grandes fiestas. Y como todo el mundo quería salir en las fotos con él, Don Juan hacía avisar a un fotógrafo profesional, César Cardoso. Pero después Don Juan tenía la curiosa costumbre de llevar las compras personalmente: él mismo iba a recoger las copias al fotógrafo, se las compraba y después las revendía a los invitados. Hacía lo mismo cuando los fotografiaban en grupo en Villa Giralda o en el Club de Golf.

La familia real Borbón no era la única que se había instalado en Estoril en aquella época de “dry Martini” y rosas. El vecindario no podía ser mejor. Aparte de residentes de lujo como el almirante Nicolás Horty (que había sido regente de Hungría y había combatido a favor de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, posteriormente acusado de crímenes de guerra y liberado en 1946 con tal de vivir siempre en el exilio), el barrio de Monte Estoril estaba lleno de palacetes habitados por reyes en el exilio. Como el rey Carol de Rumanía y su esposa, la presunta familia real de Francia, la de Bulgaria, la del Brasil… Y también la del ex-rey de Italia, Víctor Manuel, con toda su prole, que había tenido que abandonar su país en 1946, tras el referéndum que puso fin a la monarquía, acusado de connivencia y simpatía hacia Benito Mussolini. Todos vivían felices esperando tiempos mejores. El barrio tenía tantas figuras que hasta los jugadores de mus solían decir: “Tiene más reyes que Estoril”.



La familia de Don Juan tenía relación, sobre todo, con los italianos y los franceses. Eran amigos, se trataban de tú, hacían excursiones juntos, se visitaban asiduamente, asistían en grupo a los mismos espectáculos y sitios de recreo, tenían profesores comunes para los hijos.., y los niños de Don Juan, como era lógico, tenían que compaginar toda esta vida con los estudios, primero en el colegio de las monjas de Zamora y más tarde en los Salesianos. En los Salesianos, a “Juanito” le explicaban las lecciones aparte de los demás niños, en el despacho del padre Valentini. Además, seguía con las clases especiales en Malmequer, tanto en verano como en invierno, y con la presencia constante de la sombra de su preceptor, Eugenio Vegas Latapié, que le abucheaba a diestro y siniestro. Un día le dijo: “Por este camino, nunca podrá ganarse la vida. Y tal como está el mundo, todos debemos prepararnos para poder trabajar de un modo u otro”. “Juanito” se quedó muy afectado y al día siguiente desapareció. Cuando volvió a Villa Giralda, dijo que había estado recogiendo pelotas en el Club de Tenis y le enseñó a su preceptor un puñado de monedas que tenía en la mano: “Tú creías que no me podía ganar la vida… Claro que sí”. La de las pelotas fue la única actividad remunerada en la que tuvo que doblar la espalda, que recuerden quienes, hasta hoy, han hecho públicas sus memorias.

Aparte del hecho de que “Juanito” no era demasiado listo, dicen los amigos que tuvo en aquella época que tampoco era atrevido y no solía tener éxito con las mujeres. Cuando ya era adolescente, aunque durante la semana prácticamente no le veían porque tenía que estudiar mucho, los fines de semana le dejaban salir algo e iba a bailar a una boite llamada Ronda. A pesar de las dificultades, tuvo varias “novias”. En primer lugar, Chantal de Quay, una belga muy adelantada y moderna para la época. También vivió una pasión profunda por una tal Viky o Piky, de la familia Posser de Andrade, que le acabó robando su amigo Babá Arnoso. Pero la más importante fue María Gabriela de Saboya, la segunda hija de las tres que tenía Humberto, aspirante al trono de Italia. La hermana mayor, María Pía, tenía fama de inteligente; la pequeña, Titi, de alocada; y Gabriela, de “paradita”, de ser “la más sosa”, aunque era, eso sí, la más guapa de las tres.

Así vivieron, matando el tiempo, en la que para el resto de Portugal fue la dura etapa de la dictadura de Oliveira Salazar. A finales de los años cuarenta y durante los primeros cincuenta, en el margen sur del río Tajo, zona industrial con abundante población obrera, “el cinturón rojo” del Alentejo, había huelgas y manifestaciones constantes. La detención, tortura, juicio y condena a cadena perpetua del líder comunista Alvaro Cunhal en 1950 fue uno de los puntos culminantes. Lo que para las clases dominantes en el exilio era el paraíso significaba un campo de concentración de mordaza y miseria para la población lusitana.

El ruido de la lucha de clases casi no llegaba a la residencia de los condes de Barcelona. Tras Bel Ver, donde vivieron desde l abril de 1946 hasta finales de 1947, se fueron a Villa Giralda. No se sabe con qué dinero consiguió comprársela a los Figueredo el supuestamente arruinado Don Juan. Pero no debieron darse demasiada prisa, puesto que antes de trasladarse definitivamente, en 1948, hicieron unas obras importantes para habilitarla que duraron casi un año. Villa Giralda estaba rodeada de un jardín de más de 3.000 metros cuadrados, contaba con 51 habitaciones y una terraza que miraba a la costa de Cascais. Cabían hasta 400 personas, a juzgar por algunas fiestas que tuvieron lugar allí. Muy sensibles a la realidad social, los condes de Barcelona formaban en el jardín, una vez por semana, una ordenada fila de pobres, a quienes daban de comer. No se sabe si las sobras de los ágapes reales o un menú de puchero para sans-culottes.

El viaje de los niños desde Lausana a Estoril tuvo lugar a mediados de abril de 1946. Los dos niños, “Juanito” y Alfonso, eran considerados como posibles herederos y se decidió que viajaran en aviones separados para asegurar la continuidad sucesora en caso de catástrofe. Primero voló Alfonso con sus hermanas, y dos días después lo hizo “Juanito” con su abuela hasta la escala de Londres. Pero “Juanito” sólo iba a Estoril de vacaciones, no para quedarse. Tenía que volver al internado. Su estancia en Estoril, sin embargo, se prolongó por problemas de salud, una intoxicación persistente, que retrasó su primera comunión y el retorno a Friburgo hasta noviembre de 1947. El colegio al que debían asistir en Estoril, incluido “Juanito” cuando hacía estancias más o menos largas, que fueron varias, era la Escuela das do Amor de Manantiales. Era un centro de acogida de niños, que recibía indigentes de la zona y niños pobres de las colonias portuguesas.

Pero ellos ni se enteraron, porque se formó un grupo de 7 u 8 niños españoles: los hermanos Eraso, los Arnoso, los hijos de Gil-Robles y los de otros colaboradores de Don Juan. Era la única opción para que estudiaran con profesores españoles, porque del otro colegio que había, el Instituto Español de Lisboa, era director Eugenio Montes, que por su relación con la Falange y por su dependencia del Gobierno español no gozaba de la simpatía de Don Juan. Las monjas del Amor de Manantiales pertenecían a una congregación fundada en Zamora y eran españolas. Además, el colegio estaba muy bien situado, junto a la plaza, cerca de Monte Estoril.

Pero “Juanito” fue sometido a una disciplina especial. Su preceptor continuó siendo Eugenio Vegas , a quien se puso una casa, Vila Malmequer (‘margarita’), un chalé ofrecido por los propietarios, los marqueses de Pelai, que también les habían dejado Vila Papoila como residencia en un primer momento. Con profesores especiales, “Juanito” pasaba las mañanas y las tardes estudiando. “Al pobre, muchas veces sólo le veíamos en vacaciones”, recuerda la infanta Margarita.



Incluso en verano, tenía que pasar horas y horas en Malmequer. A Margarita, su hermana ciega, también le pusieron una profesora especial, la polaca madame Petzenick. En mayo de 1946 su madre la había traído a Fátima para implorar “la gracia de iluminar sus dulces ojitos apagados”, según lo que publicó el diario ABC. Pero no había nada que hacer. Aparte de ciega, Margarita era bastante extravagante. Un día explicó un chiste sobre Franco que había escuchado, y Don Juan le dio una sonora bofetada delante de todo el mundo.

Cuando eran niños, “Juanito” y sus amigos hacían brincadeiras (bromas) a costa de ella. Cuando nadaba en la playa de Tamariz, le decían “más a la izquierda, a la derecha”, y ella nadaba con seguridad, sin ningún temor, mientras su hermano y sus amigos se partían de risa. “Juanito” también le hacía bromas cuando intentaba pescar, tirando disimuladamente del hilo de la caña: “¡Margarita, que ya pican!”.

En 1947, cuando “Juanito” tenía 9 años, para él los reyes seguían siendo magos que traían juguetes a los niños: “Queridos Reyes: os escribo porque a lo mejorme traéis algo. Pero os digo que si no he sido bueno, no tenéis que traerme nada. Sólo carbón. Si me permitís, voy a pedir unas cositas para el 6 de enero: una escopeta de aire comprimido, una pistola con balines y una cosa que se pone en los oídos con una antena que se puede oír la radio”. Los monárquicos de Bilbao le regalaron, aquel año, un balandro para aprender a navegar, el Sirimiri. Fue su primer barco. Más tarde supo que diferentes reyes en paro forzoso pasaban a menudo por su casa, sin que fuera el 6 de enero”.





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